Eutanasia: el derecho a la vida, ¿y a la muerte?

Imagen ilustrativa de Dmd México

En nuestro país, la eutanasia voluntaria no está autorizada por alguna norma. En este caso, un médico u otra persona produce la muerte del paciente que la consintió. ¿Está bien que esto suceda? ¿Acaso un enfermo terminal no debería poder elegir sí quiere o no seguir viviendo? Quizás un acto retorcido es ver a una persona sufrir hasta el último de sus días cuando únicamente quiere aliviar ese sufrimiento, y no lo es producir la muerte de una persona que sufre de una enfermedad irreversible. En dichas circunstancias, es probable que la vida carezca de sentido, postrado en una cama, dolorido y contando los días. Por ello y más, me encuentro a favor de la eutanasia.

En primer término, el hecho de que exista una legislación específica que la regule, sería más favorable que dejar que esas prácticas sigan realizándose ilegalmente. Como sabemos, la falta de normas permite abusos, y sin ellas, puede ser aplicada a pacientes que no dieron su consentimiento. 

¿Qué más que la aprobación de los profesionales? Y así fue que, tras una encuesta realizada a médicos por el SMU (Sindicato Médico del Uruguay), los resultados mostraron que dos de cada tres profesionales, tuvo en un período reciente (hasta dos años), pacientes con enfermedad terminal y mucho sufrimiento, en los que la mayoría reconoció haber aplicado medicación para evitar el dolor, aunque ésta pudo acelerar la muerte (62%) y haber interrumpido tratamientos que prolongaban innecesariamente el sufrimiento (52%). En este contexto, los resultados mostraron que la aceptación de la eutanasia en los médicos fue lograda en un 82% y sólo el 17% estuvo en desacuerdo con permitirla.

Podríamos decir que una persona enferma, en un estado de descontrol y exasperación, puede llegar a suicidarse para frenar el sufrimiento. Pero en realidad, una legislación particular regularía el tratamiento para asegurar que la decisión no sea tomada con desesperación, sino que sea premeditada. 

Aunque tal vez no sean suficientes pruebas, y deberíamos remitirnos a ejemplos concretos y ver cómo funciona la eutanasia en distintos países del mundo. Holanda, en 2002 fue el primer país en autorizarla cuando se aprobó la Ley de comprobación de la terminación de la vida a petición propia y del auxilio al suicidio. El paciente, que debe sufrir un padecimiento grande y sin esperanza de mejora, tiene que ser capaz y haber reiterado el deseo de terminar con su vida. La ley holandesa aclara que no es aplicable a personas que sufran depresión o ansiedad ni a ancianos que crean que ya no tengan ganas de vivir y los médicos pueden recurrir a la objeción de conciencia.

Aquí, hay un procedimiento exigente para certificar la libre voluntad y la condición médica de los pacientes que pidan la terminación de su vida en situaciones extremas de enfermedades terminales o lesiones irreversibles. Ningún médico ni clínica puede ser obligado a practicar la eutanasia. Y, además, nadie puede forzar a un paciente o a su familia a acelerar la muerte. La legalización no provocaría que más personas quieran utilizar la práctica, sino que los casos usuales que se encuentran en anónimo y escondidos, salgan a la luz. No obstante, también se relaciona con la enfermedad, si en los países donde se ve regulada, como Bélgica, Canadá, Colombia, Luxemburgo y Países Bajos, quienes deciden terminar con su vida, en un gran porcentaje, son personas con cáncer que no mejorarán, el número variará para mejor porque personas que sufren, dejarán de hacerlo por su propia voluntad.

Lo contrario a la ética médica, dicen. Así sería, pero al dejar a los pacientes sufrir de manera intolerable. En realidad, hay que hacer todo lo posible para procurar una muerte en paz. “No llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos”, fue la base del juramento que Hipócrates les hizo hacer a sus discípulos, que llevarían a lo largo del mundo la medicina. ¿Qué pasa cuando se imposibilita ese propósito? Sí forzamos su vida, su estado de dolor será el mismo o empeorará, entonces, ¿por qué no cumplir con el último deseo del enfermo terminal? En caso contrario, el propósito del médico dejaría de ser el bien y la salud.

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