Sin Oasis en su África

«Llorar sana», así te lo venden. Un mal vendedor, seguro. Si así fuese, ella viviría por quinientos años más. O tal vez, se hubiese convertido en algún tipo de Dios, ángel o profeta. Pero no fue así. El estanque quedó vacío y los ríos se secaron. Un gran diluvio universal viajaba cada noche por sus ojeras, pómulos, y terminaba en las mejillas.

Lágrimas marinas que hubiesen desecho centenares de hojas. Sólo leía al amanecer, trasnochada. Cuando su respiración volvía al norte, a esa estable calidez, y lograba eliminar los vientos del sur que la hacían temblar. Con cinta unía los pedazos de su corazón roto, pero a los días se despegaban. El verano la sigue salvando, pero ya no llora ni en las nevadas. El calor secó sus lagrimales y el invierno se encargó de congelar lo que restaba. Sanó cuando aceptó las injusticias de la vida y rompió el candado que le prohibía ser amada. El día que por fin aceptó el amor que le correspondía. Hoy recuerda su dolor, y en él ve el aprendizaje que le dio la mala praxis de(l) ser humano.

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