Mala memoria

El primer cigarrillo a escondidas en el patio de la casa de Córdoba. Nuestro, mi primer beso en el pasillo oscuro en medio del cumpleaños de alguien, de una amiga que ahora en la calle no saludaría. Escondo esa estúpida fractura (que nadie se entere). La primera ola que me llevaría al fondo. «Agarrá aire», dijiste. No te hice caso, me paralicé por la inmensidad. La segunda la pasé, pero me atrasó. La tercera ni me rozó. El día que decidí ir a comprar alcohol. Ansioso, esperando que la cara púber no me delate. La vez que juntamos nuestros cuerpos en la casa vacía, solo ocupada de pasión y sudor. Temor, éxtasis, mariposas, adrenalina, hormigueo. Golpeame, pero tan fuerte como para despertarme, no te acobardes. ¿Por qué no puedo sentir aquello que me provocaba el saber que ella estaría en el asalto? El tibio invierno solía ser el mejor verano, donde no existían los colores fríos. La vida, quizás por mi memoria selectiva, era el acto de fin de año, a mitad de diciembre.

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